El Barcelona sobrevive como único español en la Champions

Messi respondió al reto de Cristiano. El 10 es el hilo conductor del Barcelona. Al equipo le cuesta completar un partido, capaz de jugar un largo rato muy bien y también por momentos muy mal, contagiado a veces por el fútbol del rival y en ocasiones por el carácter del torneo, redimido habitualmente por la pegada de sus delanteros, esta vez muy superiores en el Camp Nou. Aunque Luis Suárez ayudó a edificar la victoria, Messi fue decisivo al inicio y al final cuando la noche se puso especialmente peligrosa por el descaro del juvenil equipo de Génésio.

Jugó el Barça muy responsabilizado, consciente del riesgo del partido, dispuesto a defender su condición de aspirante a la Champions. La tensión competitiva era extrema en la cancha y en la grada del Camp Nou. Apretaba la hinchada y atacaba sin parar el equipo ante el desespero del Olympique de Lyon. Hasta Coutinho pareció por momentos un buen jugador para el Barça y un futbolista también de Copa de Europa. Los delanteros azulgrana desestabilizaron a un contrario que se había preparado para defender sin defensas, una condena segura en un estadio como el barcelonista, invicto en los últimos 30 partidos de la Champions.

Tiene mucho callo el Barça y es todavía muy novato el OL. Hay detalles especialmente reveladores para medir a los equipos más interesantes en los momentos exigentes, y Génésio dio un paso atrás en el Camp Nou. El técnico dispuso una defensa de tres centrales y se preparó para correr y no para jugar, para contener con Tousart en lugar de destaparse con Aouar, para procesar el juego a partir del exquisito Fekir, negado porque nunca tuvo el balón, siempre en poder del Barça. El OL es un equipo joven y descarado, fuerte físicamente, no preparado para cerrar el marco de Lopes.

El Camp Nou estuvo abarrotado en la goleada de su equipo – Natursports / Shutterstock.com

Efectividad ofensiva de los locales

Las transiciones del plantel francés acostumbran a ser temibles y temidas desde su victoria en el Etihad contra el City. Los rivales están obligados a no perder la pelota, a acabar las jugadas, a rematar y a marcar, cosa que no sucedió en Lyón. No había más alternativa azulgrana que presionar muy arriba o dar mucha velocidad al balón, un plan que exige intensidad y una cierta amplitud o, si se quiere, ensanchar el campo y evitar el embudo que a menudo se genera alrededor de Messi. Los focos se posaron en los extremos: no había banda derecha y en cambio se ofrecía Coutinho.

Aceleraba el Barça con ritmo, excelente en la recuperación, dueño del balón y del campo ante el desespero de Génésio. No había pausa en el OL, muy sometido en su cancha, débil en su área, incapaz de detectar a Coutinho y sobre todo de atar al excelente Luis Suárez. El uruguayo desestabilizó repetidamente a los zagueros y acabó por forzar un discutido penalti a Denayer. Messi transformó la pena máxima al estilo Panenka. No quiso tirar a la izquierda del meta, como es su costumbre, sino que imitó al tiro de Suárez en el Bernabéu. Messi desprendía confianza y el Barça se sentía seguro y dominador pese a las embestidas del OL.

Las salidas del Lyon eran tan selectivas como amenazadoras, muy exigentes con la defensa del Barça. Atacaban bien el espacio y M. Dembélé apuntaba con saña el marco de Ter Stegen. Las ocasiones, sin embargo, eran escasas por la solidaridad y agresividad barcelonista en su cancha, gobernada por Piqué, Lenglet y Busquets. Los azulgrana no se olvidaron nunca de atacar con los buenos movimientos de Luis Suárez, Messi y Coutinho y los pases de Arthur, excelente en la jugada del 2-0. El brasileño profundizó para Suárez y el ariete quebró a su marcador para asistir a Coutinho.